Agradecer a los docentes: un fin de cursos diferente
Por: Alberto Sánchez
14 | 07 | 2021

Después de casi dos años de escuela virtual y ya en vacaciones, es importante reconocer la admirable labor de los docentes y resignificar la educación a distancia.

Atardecía. El cielo era de color salmón. Mirábamos las nubes rosas apelotonadas. Una gran balsa de luz las cruzaba. Algunos tomaban fotos al cielo. Con ese escenario celeste, la naturaleza participaba y anunciaba el cierre de un ciclo y la apertura de otro. Estaba por comenzar la ceremonia de graduación de preparatoria de la generación de mi hijo.

Y no solo eso, aquel cielo también era como un anuncio de libertad: las puertas del confinamiento por la pandemia comenzaban a abrirse. Recordé la parte final de la novela La peste (1947), de Albert Camus, cuando, después de un largo tiempo de encierro, aislamiento y tragedia por una mortal epidemia, la ciudad al fin abría sus puertas en una hermosa mañana, a pesar de que la “alegría estaba siempre amenazada”. 

Nos encontrábamos en un jardín, al aire libre, las sombras de las hojas de los árboles se reflejaban en el pasto, había decenas de sillas dirigidas a un estrado, donde maestras y maestros se acomodaban para comenzar el evento.

Antes de llamar a cada alumno al estrado, una maestra o maestro le dedicaba palabras halagadoras, motivantes y de reconocimiento. Luego, le entregaba un diploma y le colocaba una corona de hojas de laurel, como a un egresado del liceo aristotélico de la Grecia Antigua, prenda que distorsionaba un poco con el distópico cubreboca que cada pupilo usaba en aquel momento.

Después de dos cursos escolares con clases virtuales y viviendo en pantallas a causa de la crisis del coronavirus, estos maestros y alumnos se reencontraban presencialmente en este festejo por finalizar la preparatoria. El mérito es mayor cuando, a pesar de los obstáculos surgidos y la incertidumbre por el caos pandémico, la enseñanza y el aprendizaje continuaron su camino. En situaciones como estas, sale a la luz el compromiso y la pasión de las maestras y maestros por educar.

Al escuchar las palabras que uno de los maestros dijo a mi hijo ante el público, me sorprendí como si desenvolviera un regalo insospechado. No me lo esperaba, la verdad. El profesor me regalaba otra manera de ver a mi hijo. No es que me dijera cosas que no supiera de él, pero me daba otra perspectiva, otra mirada. Asuntos que quizás yo mismo no me permitía ver por hábito o costumbre o por una narrativa estancada. El maestro me abría otras ventanas de mi propio hijo.

Y allí, creo, está la esencia del maestro: abrir las puertas del saber, invitar a descubrir más de lo que pensamos o creemos, contagiar el gusto por aprender del mundo, de las personas cercanas y de nosotros mismos. Apenas vi la oportunidad, fui a agradecer a aquel maestro lo que dijo sobre mi hijo. “Los maestros nos reunimos para escribir juntos las palabras para cada uno de los alumnos, fue un trabajo colectivo”, me respondió, para mayor admiración mía.

Por otra parte, ya acabadas las clases y comenzadas las vacaciones, también pienso con admiración y agradecimiento en la maestra de secundaria de mi otro hijo. Todas las mañanas del covid, a partir de las ocho, ella estaba en la pantalla del dispositivo electrónico. La distancia física y la sequedad virtual se rompían con la sonrisa sincera y la energía contagiante de la maestra. Incluso nuestras dos perras no querían perderse sus clases: apenas escuchaban la voz serena de ella, corrían a sentarse al lado de mi hijo durante la lección correspondiente.

Mi hijo me contó que una mañana en que la maestra vio cansados a sus alumnos, desde la distancia les invitó a acostarse donde gustaran para recitar versos. Y en otra ocasión en la que hicieron una visita virtual a la Capilla Sixtina, en la Ciudad del Vaticano, ella los convocó a envolverse en sus cobijas mientras apreciaban las pinturas de Miguel Ángel.

Con la inminente vuelta a clases presenciales, confieso que extrañaré la intimidad que mezcla el hogar con la escuela en las clases virtuales. Esto es una paradoja de la educación a distancia: cabe la posibilidad de que madres y padres conozcamos mejor a los maestros y nos sintamos más cercanos a ellos, ya que, voluntaria o involuntariamente, los vemos en acción, algo que es casi imposible en la educación presencial. Esto, por supuesto, no significa que yo ande por ahí en todas las clases en línea de mis hijos, pero cuando iba por una camisa colgada o un par de calcetines guardados en la habitación donde mi hijo estaba, me cruzaba con la clase de Español o Historia que él tomaba en ese momento.

Después de su última clase del año escolar, le pregunté a mi hijo cómo se despidió su maestra. “Muy bien”, me dijo, sin mayor explicación. No obstante, añadió: “Cansada también”. ¡Cómo no lo iba a estar! Lo cierto es que, de lo que vi, nunca noté cansancio en ella, sino una admirable y ejemplar entrega y dedicación sin importar la circunstancia, incómoda o no, en la que se encontraba. Ya migrar de la educación presencial a la virtual fue casi una odisea para todos, en especial para los docentes, pero no se rinden: insisto, el compromiso y amor por sus alumnos es invaluable. Y esto queda demostrado más que nunca por la pandemia que hemos ido atravesando.

Así, pienso que maestras y maestros merecen, más que nunca, unas vacaciones desenchufadas en el sentido más amplio de esta última palabra. Un descanso no solo de la escuela, sino también de las apabullantes pantallas. Despejarse de ellas por algún tiempo. Y estar a secas, saber estar, estar. Muchas veces por las pantallas nos olvidamos de no estar en lo que estamos.

En estas vacaciones de verano, maestras, maestros, madres, padres, hijos e hijas: recuperemos la espontaneidad, vivamos en “estado puro”, seamos un poco vagos, hedonistas, sin estar queriendo mostrar todo el tiempo lo que estamos haciendo. Claro, da gusto compartir, pero también está bien moderar la pantallitis. Es que llevamos más de año y medio viviendo en las pantallas, por lo mismo tomémonos un descanso de ellas también. Y que sean con naturalidad y sin Zoom o similares el mayor tiempo posible.

Tal vez es buena idea que maestras y maestros, para llenar el vacío que quizá se ha propagado en su interior al haber concluido un trabajo y periodo importantes, emprendan un viaje —a pie, en tren, en automóvil, en bicicleta, en un libro, en la imaginación, en los recuerdos, en el estar o como prefieran— refrescante e indispensable y lleno de sencillez e improvisación, ya que estos días libres se irán volando. De esta manera, seguramente regresarán a su loable oficio con mayor energía y paz.

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