Experiencias virtuosas de un regreso a clases presencial
Por: Instituto DIA
03 | 09 | 2021

Florencia Centurión, directora de una escuela en Argentina, compartió con nosotros sus vivencias y estrategias como docente durante este regreso a clases presenciales.

Reencontrarnos, un regreso diferente, el congreso organizado y celebrado por el Instituto DIA los pasados 25 y 26 de agosto, se transformó en un espacio vital para que profesores y profesionales del sector educativo, de diversas latitudes del país y Latinoamérica, se reunieran y dialogaran sobre sus preocupaciones ante el inminente regreso a clases presenciales. En este marco, María Florencia Centurión, directora de la secundaria Centro Educativo Dionisia en Nicanor Otamendi, localidad en la provincia de Buenos Aires, Argentina, ofreció su testimonio de cómo se ha vivido el regreso a clases en su país, que comenzó en marzo de este año.

Aquí presentamos sus impresiones de viaje después de varios meses de clases en el aula que pueden resultar de especial interés para quienes están comenzando a vivir este trayecto. La entrevista fue un ejercicio grupal en el que las preguntas surgieron del público y Florencia iba respondiendo a cada una de ellas. 

Nos gustaría que nos compartieras un poquito del contexto donde tú estás, en Argentina. 

Nuestro ciclo escolar es distinto al de ustedes: comienza en marzo y termina en diciembre, en julio tenemos unas vacaciones cortitas de dos semanas y después las vacaciones largas son en enero y febrero. Comenzamos este ciclo escolar en la presencialidad, hicimos una prueba piloto en febrero, acercando a aquellos estudiantes que el año pasado habían tenido dificultades para seguir conectados y vinculados tanto afectiva como pedagógicamente. En esa prueba piloto eran aproximadamente de 8 a 10 estudiantes por curso. Luego, comenzamos con unas “burbujas de alumnos” un poco más grandes, pero siempre limitadas por el protocolo que tenemos en la escuela. Hay aulas de distinto tamaño, hay cursos de distintos números, pero siempre prima el distanciamiento entre burbujas. Esa fue la premisa. Y bueno, la verdad es que estamos muy contentos de estar en la escuela, estábamos muy emocionados por volver y obviamente con un montón de emociones: positivas, negativas, miedos… pero muy ansiosos y felices de volver. Así que, transcurridos estos meses, la verdad es que seguimos felices de poder estar en la escuela.

¿Cuál fue la señal para ir a clases presenciales? ¿En qué semáforo se hizo?

Acá la bajada fue nacional pero también por municipios. Hay semáforo rojo, amarillo y verde. En amarillo ya regresamos a las clases presenciales, pero tenemos el protocolo mucho más estricto. Con semáforo verde nos van permitiendo ampliar el cupo de chicos que van a la escuela. En semáforo rojo, como en el pico de contagios que hubo hace unos meses, nos volvieron a guardar. Esa decisión la tiene Salud y el gobernador (o el intendente de cada ciudad). Nosotros nos acotamos a lo que ellos indican. Los chicos usan barbijos todo el tiempo que están en la escuela. Entran, van a su salón, tienen distanciamiento de metro y medio. Y después, por ejemplo, nosotros decidimos que cada 50 minutos tengan un receso de 10 minutos para poder ventilar continuamente las instalaciones. Durante esos 10 minutos están en receso, pero siempre con su burbuja. Para eso es muy importante la señalética, decirles por dónde pueden circular en cada piso, cuál es el lugar para caminar y cuál es el lugar para detenerse, en dónde sí pueden pararse y dónde no. Todas esas cosas que parecen pequeñeces son súper importantes.

¿Cuál es el protocolo cuando surge un caso en alguna escuela?

Nosotros teníamos burbujas de 10 niños; después, porque nuestros grupos son grandes, teníamos burbujas de 20. Y ahora tenemos burbujas de 25, casi presencialidad completa. Todo es progresivo, fuimos avanzando. Hay que ir prueba y error. Lo que sí funciona lo vamos aumentando y, cuando se aísla una burbuja, se aísla solo esa y los docentes que estuvieron en ella, porque en el recreo cada burbuja tiene su espacio y no se mezclan. Entonces no hay posibilidad de contagio entre un grupo y otro. 

¿Nos podrías compartir qué otras estrategias y herramientas han utilizado para este regreso presencial?

La primera herramienta que usamos fue juntarnos como docentes (algunos presencial y otros virtualmente) para evaluar qué era importante para nosotros en este regreso. Entonces lo pensamos colectivamente: esa fue la primera estrategia. Si bien hay protocolos que bajan del Ministerio de Educación, cada contexto tiene que adecuar esos protocolos. Hay cosas que son posibles y otras que no. Por ejemplo, yo trabajo en un pueblo donde muy pocos chicos usan transporte público para ir a la escuela, eso ya genera una dinámica distinta a la de una escuela en la ciudad, donde todos los chicos vienen de distintos lugares. Nos fuimos dando cuenta de que necesitábamos adecuar los protocolos en relación a las medidas de seguridad. Al principio decíamos: “papás, traigan un barbijo”. Después vimos la necesidad de que trajeran dos, porque a los chicos se les olvida. Por supuesto, en la escuela tenemos una caja de barbijos por las dudas, pero siempre es importante que vayan generando ese hábito que, de hecho, quizás en otros espacios no está tan instalado como en la escuela. El protocolo dentro de la escuela es de hecho mucho más estricto que afuera, pero esos hábitos también se trasladan a otros espacios. Por lo tanto, nuestros chicos son agentes de cambio, multiplicadores de cuidado.

Además de ser flexibles e ir pensando otros protocolos, otra cosa que nos sirvió mucho es ser flexibles también con la planificación. Tenemos una currícula que baja del Ministerio, pero nosotros tuvimos que adaptar qué sí pudimos ver el año pasado y qué no. Ese fue el primer descarte que hicimos. Cuando volvimos, mapeamos con los chicos cuáles contenidos y habilidades habían incorporado, y los que no, había que retomarlos. El primer mes y medio, o dos, fue retomar habilidades y contenidos que habíamos trabajado el año anterior. Y además, ir seleccionando qué creíamos que necesitábamos seguir desarrollando este año. 

También nos dimos cuenta de que nuestros chicos estuvieron un año y medio sin ir a la escuela; es decir, el hábito de estar en la escuela, de ser estudiante, se había olvidado y… como borrado. Estaban muy ansiosos de volver, querían volver, y además esta es una escuela nueva, había reglas distintas: no nos vamos a tocar, o nos tocamos lo menos posible, tenemos que mantener la distancia, el barbijo puesto todo el día. Esta forma de estar en la escuela es nueva y hay que construirla con ellos, hay que trabajar día a día la convivencia, los protocolos. Y eso es todo el tiempo un trabajo colectivo con ellos y con sus papás, con los docentes, porque también es difícil estar con la máscara y además el cubrebocas. Es complicado porque nosotros estamos habituados a usar mucho la voz, a ser muy expresivos, a tocar, a apapachar, bueno… y de repente tenemos que mantener la distancia. Al principio, en el protocolo no nos dejaban tocar ni siquiera las hojas de los cuadernos, y pensábamos: “¿las toco o no las toco?, ¿o cómo le hago para llevarme la tarea?”. Hubo que ir generando códigos y normas entre los docentes, los estudiantes y los papás.

Es un trabajo diario, no creo que sea un trabajo que esté culminado, creo que esta nueva escuela la estamos creando día a día y nada es para siempre. Como todo, está en constante cambio. También, trabajando con los profesores, vimos que hay cosas que el año pasado usamos que están muy bien y que no eran parte de la escuela que conocíamos. Que el chico pueda seguir conectado al docente mediante un grupo de WhatsApp está bueno y nos sirve, y el chico aprende un montón de cosas no solamente desde lo pedagógico sino también desde lo vincular; por ejemplo, el límite de que al profe le puedo escribir entre las 7:30 a.m. y las 2:00 p.m.; ese es un límite y el chico tiene que ir fomentando ese autocontrol. 

Estas fueron algunas de las herramientas y habilidades que fuimos desarrollando en el camino y nos dimos cuenta de que es sumamente importante atender los emergentes, que no son pocos, y que muchas veces son mucho más importantes que la planificación que yo traía para ese día. En este año y medio, a nuestros chicos y chicas, a nuestra comunidad educativa, les pasaron un montón de cosas. Perdieron familiares, perdieron trabajos, vivieron en la incertidumbre. Había que atender los emergentes y crear ese espacio seguro de aprendizaje, que nuestras chicas y chicos puedan ir a la escuela y que sea un espacio seguro para hablar, para decir, para estar, porque les pasaron un montón de cosas y muchas de ellas no las sabemos, pero si generamos ese espacio seguro las vamos a saber y los vamos a poder acompañar.

¿Tuvieron alguna dificultad con los padres para que a su vez ellos sintieran verdaderamente la escuela como un espacio seguro?

Las primeras semanas los padres optaron por ver si la escuela era un foco de contagio o no. Y allí fue un desafío porque generamos una jornada para quienes estaban presenciales y media jornada para quienes estaban virtuales. Y a la siguiente semana había que rotar el horario para que todos tuvieran todas las materias. Ese fue un primer momento. Cuando los padres vieron que en la escuela no se generaban contagios fueron ganando confianza. Esto no quiere decir que no nos aislábamos; nos aislábamos preventivamente todo el tiempo, porque si un chico tiene síntomas nos tenemos que quedar en casa. Contrarrestamos el miedo con los resultados. Después, la mayoría de los papás querían que sus hijos volvieran a la escuela. Comenzamos en marzo y en junio estuvimos un mes y una semana en cuarentena de nuevo, entonces volvimos a la virtualidad total. Y cuando volvimos de esa virtualidad, como se habían disparado los contagios en la ciudad (aunque no en la escuela, sino que la mayoría sucedían por fiestas clandestinas o boliches que se habían reabierto), algunos papás también decidieron que los chicos se quedaran en casa esa primera semana que volvimos. Y a la semana siguiente ya comenzaron a ir nuevamente, por eso hay que acompañar todas las situaciones. Y quiero decirles que la mayoría de las familias suele estar a favor y quiere que sus hijos vuelvan a la escuela.

¿Cómo lidiaron con el miedo y al mismo tiempo las ganas de restablecer los afectos? ¿Cuánto tiempo tardaron en esto?

Al principio había un protocolo que bajaba del Ministerio y decía: “no se tocan las hojas”, más que nada en la secundaria, porque los profesores de secundaria vamos por distintas instituciones, por distintos cursos, y quizás nosotros íbamos a ser el foco de contagio si tocábamos las hojas de todos. Entonces, al principio fue un no rotundo. Después, nos dimos cuenta de que nosotros, como docentes, necesitábamos corregir, tocar. Ahí empezamos a decir, “bueno, pero cómo podemos hacer”. Entonces, también nos informamos. Es importante informarnos sobre cuánto vive el virus, en qué superficies puede estar. Después de eso generamos acuerdos. Agarramos una caja y le pusimos guantes desechables para los maestros, y esos guantes solamente los usan en un solo salón, y en otra aula usan otros guantes desechables. Esa fue una solución dentro de un abanico amplio de soluciones, porque no hay una sola, puede haber muchas. 

Otros docentes decidieron que iban a corregir pero sin tocar las hojas. Entonces, por ejemplo, hacían un juego, “quien tenga la carpeta más completa este mes va a tener este premio”, o preguntas y respuestas en una prueba a carpeta abierta. Al mismo tiempo, los chicos se motivaban para volver a escribir, que es un desafío, porque estuvieron un año y medio solo con las pantallas y las computadoras, entonces regresar al papel es un desafío. También es motivador para el chico tener ejercicios más recreativos para completar la carpeta. Y esas fueron algunas de las soluciones. Yo creo que lo más importante es no aferrarse a una única solución sino proveer varias, y que cada docente, dentro de varias soluciones, pueda tomar las suyas.

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