Y se hizo la luz (verde): el regreso a clases presenciales
Por: Alberto Sánchez
03 | 06 | 2021

Ante la vuelta a la escuela presencial después de dos ciclos escolares a la distancia, es importante que reflexionemos cómo queremos reincorporarnos.

Rumbo a la escuela de mi hijo, él y yo vemos mantas colgadas en escaleras peatonales que anuncian que la ciudad donde transitamos ya cambió a color verde en el semáforo de riesgo epidemiológico, lo que significa que podemos volver a la vida (casi) normal. Sin embargo, los mismos carteles advierten: “El covid-19 sigue aquí. No bajemos la guardia”.

Por ello, este día de luz verde, esa escuela, con el propósito de una reintegración física escalonada después de casi dos años de clases virtuales, invitó —con cubrebocas y sana distancia mediante— a los alumnos a tener actividades presenciales al aire libre en sus instalaciones, como cantar en un coro y pintar con acuarela.

Mientras conduzco el coche, voy pensativo. Mi hijo, en el asiento del copiloto, también va en silencio, mordiéndose las uñas, nervioso. Hace más de un año y medio no viajamos juntos a su escuela. Sus piernas van muy dobladas, ha crecido bastante durante el confinamiento por el coronavirus. Recuerdo a Alicia en el país de las maravillas, cuando la protagonista, debido a una pócima que bebe, crece demasiado en una habitación cerrada. “Mueve el asiento más atrás, para que quepas bien”, le sugiero. “Así estoy bien”, me responde, parco, al mero estilo adolescente.

Por frugal que él sea en nuestra conversación, me ha manifestado que está contento de reencontrarse físicamente con sus compañeros de la escuela. Me da gusto saber eso. Quizás el aspecto que más nos inquieta a las mamás y a los papás en estos tiempos pandémicos, es que nuestros hijos se han visto privados de la vida al aire libre, y de la vida social y los hábitos que ofrece la escuela presencial. Incluso estos nativos digitales o generaciones saturadas de tecnología y pantallas tienen una necesidad esencial de contacto humano y experiencias físicas, lejos de sus aparatos electrónicos.

Una amiga me contó que su hija de 13 años soñó que volvía a clases presenciales y descubría que todos sus compañeros eran hologramas. Además, esta niña comenzó a tener migrañas por el excesivo tiempo de clases en línea que la escuela exigía. Por lo mismo, sus papás decidieron sacarla de ese colegio e integrarla a un pequeño y protegido grupo de estudio presencial formado por padres del mismo lugar donde viven, y cuyos hijos también padecían las largas horas ante la pantalla, la falta de socialización y el encierro.

Si bien la pandemia nos ha recordado, entre otros aspectos, que somos parte de un todo y que en general los estudiantes prefieren asistir a la escuela para sentirse miembros de una comunidad que estructura su aprendizaje, es importante repensar nuestra reincorporación al mundo y prepararnos a conciencia ante un regreso a clases presenciales insólito.

¿A qué queremos regresar y qué queremos evitar? ¿Deseamos retornar a la normalidad anterior? ¿Cómo afrontaremos docentes, madres y padres el apoyo social y emocional que necesitarán muchos alumnos aislados por la crisis sanitaria? ¿Preferimos continuar con clases virtuales o en grupos de estudio generados durante la pandemia en vez de volver a la escuela de siempre? ¿Volveremos a recorrer en coche decenas de kilómetros y soportar embotellamientos de tráfico vehicular para llegar al colegio, lo que no es bueno ni para nuestra salud ni la del planeta? ¿Hay realmente voluntad de cambio en nosotros?

En los círculos de diálogo organizados en espacios virtuales por la Comunidad DIA durante la pandemia, madres y padres hemos manifestado que se necesita una transformación educativa en la que se priorice la curiosidad en los niños y jóvenes, la reducción de las tareas escolares, la adaptación a las nuevas realidades, el ofrecimiento de una educación socioemocional y la posibilidad de enseñanzas híbridas (alternancia de clases presenciales y en línea), entre otros asuntos.

Por lo mismo, con la intención de hacer un camino hacia un regreso a clases diferente y humanizado, el Instituto DIA ofrece cursos y talleres enfocados en las habilidades socioemocionales, en las habilidades pedagógicas y en el lenguaje y la lectoescritura. Un sendero gradual en el que haya un reencuentro a través del diálogo, la colaboración y los acuerdos; en donde los alumnos reconstruyan, resignifiquen y nombren lo que han vivido durante la crisis del coronavirus; y en el que se recuperen y reactiven los aprendizajes.

Ya en semáforo verde, yo no quisiera que sucediera lo mismo que en el cuento “La autopista del sur”, de Julio Cortázar, que trata sobre una inmensa columna de automóviles que, por motivos desconocidos, se detiene en seco durante un periodo indefinido. En esa autopista bloqueada se genera una vida nueva en la que prevalecen la cooperación, la solidaridad, la contemplación y el amor. Pero, así como repentinamente llegó esta inédita existencia a la autopista, se fue. El tráfico avanza otra vez, todos suben a sus coches, arrancan, se pierden en la rapidez y retoman su individualista vida anterior.

Después de aquel reencuentro presencial con sus compañeros escolares, mi hijo volverá en transporte público. Antes de llegar a casa, seguramente irá al centro del pueblo donde vivimos, paseará a través de los comercios, se comprará un elote, se sentará en una banca a comerlo y contemplará la vida en todo su esplendor, como si esta acabara de resurgir. 

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